Ambienta

 


VALORES GEOGRÁFICOS DE LA SIERRA DE GUADARRAMA Y DE SU PARQUE NACIONAL

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Eduardo Martínez de Pisón


 Imagen del Guadarrama

 

“Centro también el corazón porque es lo único que de nuestro ser da sonido [...] Es profeta el corazón, como aquello que siendo centro está en un confín”. María Zambrano, Claros del bosque.

 

Podríamos preguntarnos con entera justicia cuánto ha intervenido en la declaración de la Sierra de Guadarrama como Parque Nacional la razón geográfica y ecológica y cuánto un especialmente intenso amor a una montaña. Porque esta sierra es para muchos como el claro en el bosque de María Zambrano, “reino que un alma habita y guarda”. El sonido del corazón del hombre, dice la escritora, sostiene aunque no se le atienda y bastaría quedarnos sin ese latir sonoro para sentirnos privados de cierta dimensión, de determinada luz, de cierta llamada que nos hace seguir viviendo más allá del vacío y la monotonía. Sin tal requisito cordial de mantenimiento en circunstancias prolongadamente desfavorables es bastante probable que el proyecto del Parque Nacional del Guadarrama, tantas veces lanzado y perdido a lo largo de casi un siglo, no hubiera llegado ahora, una vez más, positivamente a su término.  

Esta sierra es para muchos como el claro en el bosque de María Zambrano, “reino que un alma habita y guarda”. El autor del artículo, junto con los compañeros de Allende Sierra, disfrutando de las tardías nieves del pasado mes de mayo en Guadarrama. Foto: Pedro Nicolás.

Esto nos lleva a preguntarnos sobre los significados de los paisajes, que tan profundamente actúan en los hombres. La realidad, escribía también Zambrano, “es casi de continuo imagen”. El método pide que se tengan en cuenta los contenidos de los lugares, incluso más allá de la lógica, porque estos proyectos son cosa de los hombres y, por tanto, de sus empresas, cálculos y saberes, así como de sus imágenes y latidos. De las identificaciones que tenemos con determinados ideales y ciertas realidades, incluso geográficas. Nos centramos incluso en paradójicos centros excéntricos, a veces más vivificantes, y esa misma cordialidad les devuelve una luz especial, de modo que se crean reflejos entre centros externos e internos, y así, en el sentimiento es donde “se pesa y se mide” el mundo. También el corazón, indica Zambrano, “es el vaso del dolor” y, frente a la razón impasible, “todo pasa por el corazón y todo lo hace pasar”. Despojemos de todo esto al Guadarrama y no entenderemos nada.

La Sierra de Guadarrama está llena de signos. “Estos signos -añade nuestra escritora- nos conducen, nos reconducen más bien, a una paz singular, a una calma que proviene de haber hecho en ese instante las paces con el universo [...] el lugar donde se vivió sin pretensiones de poseer”. Es un diagnóstico penetrante. Pero, ¿cómo se llegó a tan poderosa imagen, a tantos signos?

Hay dos momentos en su elaboración. En el primero, la visión cultural de la Sierra es externa, a modo de horizonte, particularmente de su silueta vista desde Madrid, o como campo de esfuerzo y aventura para el viajero obligado a vencer su obstáculo interpuesto entre las mesetas. En el segundo momento, tardío, hay ya un sentimiento, una experiencia, una contemplación y una reflexión de su naturaleza y sus habitantes desde su interior, aunque convive con una prolongación de la imagen anterior. La primera fase consta como presencia cultural, algo distante y hasta a veces enojosa, prolongada en el tiempo, pero es la segunda la que constituye una idea, un lienzo, una formulación y un modelo cultural de aprecio a la Sierra hasta formar el arca de signos y el reflejo en el que anidan su aprecio naturalista, estético, vivencial y moral, y su consecuente afán de preservar las calidades de su escenario y su vida silvestre. Podríamos formularlo a la inversa: si perdiéramos estos paisajes serranos, ¿qué sería de esos valores y sentimientos?

El entendimiento tradicional de la sierra como obstáculo y peligro podrían resumirlo estos dos versos de un viejo romance: “Montañas del Guadarrama / ¿para qué os ponéis en medio?”. Puro rechazo, así de simple. Pero aun quedaría mejor reflejado su carácter desapacible en la más antigua descripción del Arcipreste de Hita: “Syempre ha mala manera la sierra é la altura / sy nieva ó si yela, nunca da calentura. / Ençima dese puerto fasia oruela dura, / viento con grand elada, rrúçio con grand friura”. O incluso, bastante después, en los versos de Góngora: “Montaña inaccesible, opuesta en vano / al atrevido paso de la gente, / o nubes humedezcan tu alba frente, / o nieblas ciñan tu cabello cano”. Su reflejo es largo tiempo el de montería real, o el de fondo de lienzo cortesano, o el de los bandidos emboscados para temor del viajero entre Segovia y Madrid, o de alimañas cuya captura tiene precio.

Muchas de estas imágenes proceden de reconocidos autores en la literatura y la pintura, por la proximidad entre la montaña y la corte, y por su necesaria travesía para comunicar ambas mesetas.  Quienes habitan los pies de la sierra y aprovechan sus recursos casi íntegramente, de valle a puerto, están entretanto modelando sus paisajes, sobre todo ganaderos y madereros, y dejando huellas por todas partes, por ejemplo un pueblo, una vereda, un labrantío, una cerca, una tala, un puente o un chozo, y sobre cada rincón un topónimo que indica una función, una propiedad o una descripción. La entrada de monasterios, señoríos y de la corte en la sierra y sus peanas colindantes dejará una aureola con elementos monumentales notables de distintos momentos, emplazamientos y significados, como El Paular, El Escorial, La Granja, Valsaín, Ríofrío y el Castillo de Manzanares.

 

Iglesia del Monasterio de El Paular. Una muestra de significado histórico, monumental y cultural a las puertas del Parque Nacional. Foto: Eduardo Martínez de Pisón. 

La sierra remota y perdida permite acaso la localización ideal en sus confines de ensueños cultistas y artificiosos como en el Poema de la Caza del ilustrado Moratín, donde la Laguna de Peñalara es morada mitológica de náyades y ninfas, junto a Siete Picos “ahulladero” de lobos y “Balsaín” cazadero de venados. Pero nada tan expresivo como el romance escrito por el mismo autor con crítico realismo en San Ildefonso: “en este inculto valle, / cuyos gigantes riscos / son Cabeza-Melera, / El Chorro, Peñalara y Siete Picos; / en este seno en donde / temieran erizadas / las árticas provincias de Calisto; / en aquesta nevera, en aqueste real sitio, [...] Bajo la helada bruma / este romance escribo, / tiritando las manos, / sonándome los dientes con el frío”. Pero en el siglo XVIII ya se solapan los viejos rechazos con nuevas miradas complacientes, ilustradas y prerrománticas, en las que el guadarramismo del XIX hasta hoy encuentra su raíz. El modelo cultural en que se inscribe es alpino, propio en su arranque del mundo viajero y naturalista del XVIII, difundido en las artes y letras por poetas, filósofos y pintores. Hay una novela muy expresiva de esta reunión cultural alpina, publicada en 1825 por Johanna Schopenhauer, madre del conocido filósofo alemán, y titulada La nieve, que serviría para sintetizar la actitud intelectual heredada de escritores como Rousseau, desde 1761, o Goethe, desde 1799, ante la montaña y retomada con bríos por los autores románticos.

Jovellanos representa entre nosotros el cambio moderno hacia una poesía íntima en la que descubre el orden armonioso y grato de la naturaleza, interioriza el paisaje y sosiega en él su espíritu. En su Epístola desde el Monasterio del Paular, por fin el río es claro, el valle ameno, el monte frondoso, la soledad amable, la sombra dulce, el aire blando. No es otra sierra, es su percepción la que ha mudado. “En estos montes guarecido, / alguna vez gozará del reposo, / que hoy desterrado de su pecho vive [...] Retirado en su tranquilo albergue, / observa reflexivo los milagros / de la naturaleza, sin que nunca / turben el susto ni el dolor su pecho [...] ¡Oh dicha, nunca / de los tristes mundanos conocida! / ¡Oh monte impenetrable! ¡Oh bosque umbrío! / ¡Oh valle deleitoso! [...] Huye de aquí, profano; tú que llevas / de mundanas pasiones lleno el pecho, / huye de esta morada, do se albergan / con la virtud humilde y silenciosa / sus escogidos; huye y no profanes / con tu planta sacrílega este asilo”. Estamos ya en el camino.

Tras este arranque, el francés Gautier escribirá en su viaje por España de 1840 que, pese a que emprenderlo “es aún cosa peligrosa y romántica”, pues “a cada paso se arriesga la piel”, en las sierras centrales “estaba embriagado de aquel aire tan vivo y tan puro... experimentaba el deseo de... mezclarme con aquella Naturaleza y fundirme como un átomo en aquella inmensidad”. Y “a fuerza de trepar alcanzamos la cresta cimera y nos sentamos en el plinto del zócalo de un gran león de granito”. La traducción  de este relato, publicada en 1920, fue realizada por el poeta Enrique de Mesa, el gran cantor del Guadarrama, como en un enlace cultural y geográfico significativo.  

Pero el itinerario está claramente marcado sin rebasar nuestras propias letras. Tras los largos recorridos por la sierra entre 1848 y 1864 del geólogo Casiano de Prado, éste escribía: “he salido siempre de Madrid con mi brújula y mi martillo, ufano y lleno de alegría; a la vuelta no entré nunca por sus puertas sin un vago sentimiento de tristeza”. En 1886 Giner de los Ríos, contemplando el atardecer en Siete Picos desde el alto de las Guarramillas, dirá: “no recuerdo haber sentido nunca una impresión de recogimiento más profunda, más grande, más solemne, más verdaderamente religiosa”. Sobrecogido de emoción, piensa entonces en los beneficios educativos que tendría extender este ennoblecimiento espiritual y el amor a las cosas morales que se desprenden de experiencias similares en “el contacto purificador de la Naturaleza”. En este momento se ha tocado fondo.

Francisco Giner de los Ríos. La Institución Libre de Enseñanza fue la introductora en la cultura española del sentido educador del Guadarrama y de su aprecio como lugar natural.

El guadarramismo cobra entonces forma y sentido en estos supuestos, con un contenido educativo trascendente y con un compromiso de respeto al escenario natural serrano del que emana esa capacidad bienhechora. El significado de las excursiones efectuadas por la Institución Libre de Enseñanza o el de la creación en 1913 de la sociedad excursionista llamada “Peñalara”, fundada y presidida por un discípulo de Giner, Constancio Bernaldo de Quirós, son manifestaciones de esa línea en tres ámbitos relacionados: educación, excursionismo y protección de la naturaleza. También la protección, pues esta se decantó enseguida, ya que muy pronto, en 1917, se tanteó la posibilidad de que el Guadarrama fuera declarado Parque Nacional, y la campaña posterior, en los años veinte, a favor de su creación fue impulsada por los excursionistas de “Peñalara”, que también asistieron en los treinta como expertos a la Comisaría de Parques Nacionales en sus lugares protegidos.

Mientras tanto, las gentes de letras de la Generación del 98 (Unamuno, Azorín, Baroja, Machado) se refirieron repetidas veces al Guadarrama, entre Madrid, Segovia y Salamanca, con gran estilo literario. Los naturalistas dejaron constancia de sus valores espontáneos. Los geógrafos de su condición de enlace en el largo Sistema Central que hace de espina dorsal de la Península. Y varios grandes pintores de la escuela paisajista de Madrid, como Morera y Espina, o de alto temperamento artístico personal, como Beruete y Sorolla, fijaron sus ojos en sus perfiles, en sus colores, en sus nieves, en sus tormentas y en sus valles. Siempre fueron autores de elevada valía y, entre todos ellos, enseñaron a ver la sierra de un modo profundo y altamente estético, formaron su imagen cultural en un nivel excelente e inusual y la enraizaron en un hondo sentido de identidad.

Y, desde esta contribución, la montaña tiene hasta hoy resonancias ineludibles más allá de lo objetivo; la sensibilidad aprendida en tal escuela otorga así al Guadarrama, como proyección, una referencia cualitativa de más que notable entidad. A la imagen dejada por Machado (“los azules montes / del ancho Guadarrama! / Allí hay barrancos hondos / de pinos verdes donde el viento canta”, como escribía en homenaje a Giner) se añade la experiencia de quien la ha recorrido en la línea nacida en el XVIII con Jovellanos, la expresada por Mesa (“Corazón, vete a la sierra / y acompasa tu sentir / con el tranquilo latir / del corazón de la tierra”) en sintonía con Zambrano. Y aún nos queda Ortega y Gasset cavilando y escribiendo hacia los mismos años, asociando su idea crucial de la circunstancia a sus reflexiones en El Escorial, de modo que podría decirse que construyó una filosofía radicada en un paisaje del Guadarrama. ¿Hubo alguna sierra más nutrida de contenidos?  

Por poner un ejemplo, Ortega describía El Escorial en 1914 de este modo: “El Monasterio de El Escorial se levanta sobre un collado. La ladera meridional de este collado desciende bajo la cobertura de un boscaje, que es a un tiempo robledo y fresneda. El sitio se llama “La Herrería”. La cárdena mole ejemplar del edificio modifica, según la estación, su carácter merced a ese manto de espesura tendido a sus plantas, que es en invierno cobrizo, áureo en otoño y de un verde oscuro en estío… Hay lugares de excelente silencio –el cual no es nunca silencio absoluto- . Cuando callan por completo las cosas en torno, el vacío de rumor que dejan exige ser ocupado por algo, y entonces oímos el martilleo de nuestro corazón“. 

La historia de la pretensión de esta sierra a ser Parque Nacional ha sido, sin embargo, la historia de un repetido desdén.

 

 Síntesis del proceso de formalización del Parque Nacional

 

El proceso de creación del Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama nació, como venimos viendo, muy tempranamente, pues se indagó su catalogación como espacio protegido poco después de la promulgación de la Ley de Parques Nacionales en 1916. Pero en 1918 se excluyó a la Sierra y, como es conocido, se optó por Covadonga y Ordesa solamente. En 1923 el periódico El Sol realizó, no obstante, una campaña a favor de la declaración de la Sierra como Parque Nacional, con los excursionistas de la sociedad alpinista “Peñalara” detrás de la valoración que inclinaba a su protección. Hernández-Pacheco optó entonces por otras figuras de menor rango, que finalmente se crearon en 1927 con las denominaciones de Sitios Naturales de Interés Nacional y Monumentos Naturales, reducidos en superficie, dispersos en reparto, limitados en propósitos, aunque flexibles en gestión. En 1925 Bernaldo de Quirós volvió sobre ello en dos artículos en “El Sol” y en 1928 y 1929 se reanudó el debate en la prensa. En 1930 se aplicaron por último las categorías de “Sitios” y “Monumentos”: “Sitios Naturales” a tres puntos de la Sierra (La Pedriza, Peñalara y el Pinar de la Acebeda) y “Monumento Natural” a uno (la Peña del Arcipreste).

Los Parques Nacionales se fueron ubicando con los años en una disposición periférica en la Península y en Canarias, de modo que en el interior peninsular no se estableció conservación a este nivel, y más tarde, cuando se integraron en la red lugares más centrales, no fueron éstos sectores de sus más rotundas montañas, al menos hasta este mismo momento con el ingreso del Guadarrama en la red. Nuestra sierra, a partir de la llegada del ferrocarril al Puerto de los Cotos en 1964, quedó abierta al turismo asociado a nuevas estaciones turísticas de invierno y a proyectos de urbanización. En esta línea se cambió en 1971 la figura de "Sitio Natural de Interés Nacional" de Peñalara, concedido en 1930, por la de "Centro de Interés Turístico”. Es decir, disminuyó la ya escasa protección en un lugar muy significativo: la misma cumbre serrana. En los años setenta, sin embargo, hubo propuestas sin éxito para la declaración de un Parque Nacional en la Sierra de Gredos y otro en la del Guadarrama. En 1993 se aprobó incluso una "Estrategia de Ecodesarrollo", que no se llevó a cabo y que parecía retornar a anteriores planes de planteamientos centrados en potencialidades turísticas, de los que hubo varias versiones. También se dieron, no obstante, rectificaciones en tal proceso, con avances  parciales conservacionistas dignos de ser considerados positivamente, como las declaraciones de dos Parques de la Comunidad de Madrid, el Regional de la Cuenca del Manzanares y el Natural de Peñalara, entre otras figuras de preservación de la naturaleza.

Cumbres del Guadarrama: Siete Picos. La altitud mantenida de las cimas de la sierra contrasta en cortas distancias con los llanos circundantes y da lugar a ambientes y paisajes característicos de alta montaña. Foto: E.M.P

En 1999 se dio un paso decisivo en la recuperación de la vieja idea con un planteamiento formal en el Ministerio de Medio Ambiente para volver a considerar en esa fecha la viabilidad de un Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama. Realizados los primeros estudios ministeriales, se pasó a las Comunidades de Madrid y de Castilla y León la iniciativa para ejecutar sus respectivos y preceptivos Planes de Ordenación de los Recursos Naturales (PORN), sobre una superficie serrana y periférica amplia, con el objetivo expreso de dilucidar si cabía en ella un Parque Nacional de la Sierra y, si era así, proponer su delimitación, zonificación, directrices, normativa y regímenes de protección, lo que Madrid tomó con especiales bríos políticos desde 2001 y científicos desde 2002. Tales trabajos se acabaron entre 2004 y 2006, se presentaron y fueron aprobados en sus respectivas autonomías. Aquel plan de la vertiente madrileña del Guadarrama, que conozco bien, comprendía el análisis de la naturaleza, el territorio, la economía, la cultura, el deporte y el paisaje, con sus  propuestas.  

Hubo al mismo tiempo apoyos ciudadanos al proyecto en los dos lados del Guadarrama, como “Allende Sierra” y el “Aurrulaque”, con sus manifiestos excursionistas y literarios a favor del Parque, expresiones de un sentir favorable que contrapesaron otras posiciones que se manifestaron desde un principio tajantemente desfavorables. Se logró en el estudio, en suma, un reparto de unidades que armaba un organismo conjunto y estructurado, pero el cambio de la Ley general de protección de la naturaleza interfirió en el planteamiento, con lo que se decidió modificar la superficie prevista en el plan a otra ceñida a la que se había propuesto como parte nuclear del Parque y que no era afectada por  las nuevas incompatibilidades. Salió lógicamente perjudicado el espacio forestal serrano y, con su privación en lugares importantes, la calidad natural del posible Parque, que pasó consecuentemente a llamarse durante un tiempo “Parque Nacional de las Cumbres de la Sierra del Guadarrama”. Tal Parque constituye, pues, con cerca de 34 000 hectáreas, un testigo de salvaguarda de la montaña, acoplado a lo viable, y un fundamento de ampliación futura. El 6 de junio de 2012 se aprobó por fin, siguiendo sus trámites, apoyos y enmiendas, con rango estatal, en el Consejo de la Red de Parques Nacionales, la propuesta del Parque Nacional. Luego prosiguió su curso hasta su reciente aprobación en el Parlamento. Tras tantos años y vaivenes no es fácil de creer: por fin, la Sierra y su imagen se han visto reconocidas y su conservación, que es lo que en definitiva importa en este proceso,  garantizada.

 

Los valores propios de la Sierra

 

Entre Segovia y Madrid hay que pasar necesariamente o bien por túneles o por puertos elevados. Esta montaña es de cordales continuos con collados poco marcados que la rebajen o dividan. Esta sierra es un todo, simple en su orografía, a modo de muros continuos de roquedos viejos, contrastada sobre los horizontes de los llanos extensos con campiñas cerealistas y territorios urbanos. Y esta muralla de peñas lo es también de nieves, de torrentes y de bosques, que forman una reserva de silencio con muchas modalidades: cumbres altas, aristas torreadas, circos glaciares con lagunas, laderas con arboledas, valles amplios y gargantas sombrías. En esta sencillez se ha moldeado a lo largo de milenios un paisaje con rostro tanto natural como humano, de modo que un poso de cultura, conformado por pueblos, trochas, puentes, calzadas, patrimonio arqueológico, cercas, dehesas, arboledas aprovechadas por las vidas en el tiempo, está sedimentado en sus valles y ríos, e incluso también en sus montes y cuerdas. El modo de pertenecer el Guadarrama a la cultura y la cultura al Guadarrama es también a veces invisible en el paisaje, pues consiste en un valor patrimonial oculto, propio de museos y bibliotecas. La sierra ha tenido los mejores escritores y pintores, los más rigurosos naturalistas y los más generosos pedagogos, de modo que no ha habido granito, morrena, hierba, insecto, ave o pez que no haya tenido un admirador de primera fila. Pero, además, parece claro que el objeto también tendrá algún mérito para haber conquistado tantos y tan significados adeptos.

Mapa sintético de la Sierra de Guadarrama (Servicio Geográfico del Ejército). Se observa con claridad el cruce de los cordales principales que constituyen la orografía serrana en el área de los puertos de Navacerrada y Los Cotos. 

 Desde Madrid nos acercamos a las cumbres de la sierra por campiñas, rampas, fosas y entramos en ella por sus contrastadas laderas boscosas (o, en términos botánicos por encinares, saucedas y fresnedas, subiendo por sus melojares, y pinares hasta sus enebrales, piornales y pastizales). Una de sus cuerdas principales se extiende desde el Puerto de Guadarrama o del León (1511 m.) al Cerro Minguete (2023 m.), luego a las Guarramillas (2260 m.), donde se bifurca por un lado hacia Los Cotos y por otro hacia Cabezas de Hierro, siguiendo la Cuerda Larga hasta La Najarra (2105 m.) y manteniendo su continuidad altimétrica. La ladera meridional de este cordal tiene anchura variable, creciendo hacia Manzanares el Real, y presentando amplios declives, con más de 1.000 m. de desnivel en Navacerrada. Varios valles montañosos se abren en estas laderas. Destaquemos como ejemplo por el oeste, la garganta de El Espinar rematada por La Pinareja (2194 m.) y el Montón de Trigo (2155 m.), colindante con el valle de las Dehesas y la Fuenfría, con su coronación del Cerro Ventoso y Cerro Minguete, que mezcla pinar, risco y arroyo. El siguiente valle hacia el este queda bajo el cuenco abrupto de los graníticos Siete Picos (2138 m.). Luego, el Valle de Navalmedio hace de eje de tránsito al Puerto de Navacerrada, con elevado collado (1858 m.). Y finalmente La Barranca recupera un ambiente silvestre, en el que la cumbre de La Maliciosa queda cercana a su fondo, con un desnivel de más de 800 metros. El contrafuerte meridional de La Maliciosa (“mal” es prefijo o sufijo equivalente a montaña tanto en esta sierra como de otras cordilleras españolas) es abrupto: de ella se desprenden tres aristas, la de los Almorchones, la de los Asientos y la de los Porrones. Por la arista central hay más de 1000 metros de desnivel.

 

La sierra rocosa. Algunos de los paisajes pétreos de la vertiente madrileña del Guadarrama tienen fuerte personalidad geográfica, adquiriendo especial renombre por sus característicos relieves. Foto: E.M.P

 

 

En lo alto del tramo más elevado de la Cuerda Larga quedan huellas de los glaciares pleistocenos que se formaron en sus cabeceras torrenciales. Pero algo más abajo, en la ladera, destaca el macizo compacto y escalonado de La Pedriza que resalta intercalado entre dos hondonadas, las de la cabecera del Manzanares y del Hueco de San Blas. La Pedriza se escalona en la ladera en varias gradas asociables a fallas paralelas: la del Collado de la Pedriza, la del Collado de la Dehesilla y la del Collado de la Ventana, que dejan intercalados entre ellas sucesivos macizos en peldaños: el Canchal, el Yelmo, los Pinganillos y las Torres. Su sistema de formas está dirigido por tal escalera tectónica y por las geometrías estructurales de los granitos. El conjunto da lugar a una gran solana de la sierra que influye en su vegetación; y en su toponimia se refleja claramente una historia con Loberas, Cabrón, Milaneras, Buitreras y Valdehalcón. No faltan tampoco buitres y cabras monteses en estos momentos. En las Guarramillas (2258 m.) se bifurca el cordal serrano mencionado en otro destacado ramal hacia el norte, en el nudo orográfico mayor del Guadarrama, con los valles adosados del Eresma y del Lozoya abiertos hacia ambas vertientes de la sierra. La cuerda septentrional sigue la Loma del Noruego hasta el Puerto de los Cotos (1830 m.) y el macizo de Peñalara (protegido por el Parque Natural de Cumbre, Circo y Laguna de Peñalara, símbolo y clave del proceso moderno de conservación de toda la Sierra).  

Circo glaciar en Peñalara. El paisaje de origen glaciar, con su dibujo y sus elementos propios de alta montaña, talla con especial intensidad los sectores superiores de la ladera oriental del macizo más elevado de la sierra. Foto: E.M.P.

La cumbre de Peñalara alcanza los 2.428 m., máxima altitud serrana, y su ladera está cincelada por circos glaciares escalonados, que constituyen el paisaje escarpado de alta montaña más característico del Guadarrama. El cordal continúa hasta el Puerto de los Neveros (2.096 m.) y el del Reventón (2.042 m.) y en el Collado de La Flecha termina su sector de altitud, aunque prosigue con otro estilo. Este sector del alto Lozoya incluye barrancos tan marcados como los de la Umbría y de la Angostura, sobre los que destaca el macizo contrastadamente. Los factores y componentes naturales dominan aquí los paisajes: la roca desnuda, la pradera, el matorral de altitud, el pinar de las laderas, las lagunas y las riberas originales y ricas en especies. Peñalara hace al Guadarrama mejor, pues le regala la identidad de todas las altas montañas del mundo. El macizo de Peñalara muestra el máximo exponente de la huella del glaciarismo pleistoceno en el Guadarrama, colgado con un desnivel de 600 metros sobre el valle de la Umbría. El glaciarismo antiguo de Peñalara se asentó en circos yuxtapuestos con claros complejos de acumulación morrénica, cuya evolución climática, reconocida desde 1917 y datada recientemente, es especialmente interesante. Son escenarios, pues, de anfiteatros rocosos, repisas, canales, umbrales, escarpes, formas de arrancamiento y de abrasión, e incluso lagunas y tollos alojados en las formas cóncavas derivadas de la acción de los hielos.

Estas formas no se detienen aquí, sino que prosiguen, discontinuas, bajo la cuerda de los Neveros y los Pelados e incluso bajo Cabezas de Hierro, en la cuerda opuesta. Tanto en el cordal de los Montes Carpetanos como en la Cuerda Larga, hay circos glaciares bien definidos y hasta en Siete Picos hay excavado un nicho glacionival. Cerca de las áreas cumbreñas, los “hoyos” que muerden las laderas indican la persistencia de los circos y sus morrenas, aunque hayan dejado huellas limitadas y espaciadas. Estos “hoyos” carpetanos tienen nombres que son expresivos de sus formas de origen glaciar, como el Hoyo Cerrado, el Hoyo Poyales, La Redonda, El Calderón y Las Calderuelas, las Poyatas y el conjunto de Los Pelados. Este último conjunto es especial, pues asciende la cota del cordal cimero hacia el Pico del Nevero (nombre también elocuente), con los circos del Hoyo Borrocoso (probablemente “Berrocoso”), de un nuevo Hoyo Cerrado, de Peñacabra, del Nevero y del Hoyo Grande. Todos presentan buen desarrollo, con su roquedo vivo y tallado, y esa resonancia de sus nombres que evoca un paisaje pétreo de altitud. Pinares y robledales cubren la vertiente con continuidad y en el Puerto de Navafría recuerdan su recuperación forestal. En la cumbre se suceden espaldares y llanos, como los de Los Pelados, el Reajo Alto o Lomo Gordo, y sus puertos son poco marcados, como los de Las Calderuelas, Navafría, Malagosto, Linera y Peña Quemada.  

Entre las cuerdas montañosas de los Montes Carpetanos y la Cuerda Larga, el Valle de Lozoya presenta dos peldaños, que corresponden nuevamente a un escalonamiento de origen tectónico, situándose el superior alrededor de los 1690 metros de altitud, discontinuo por la erosión fluvial que lo ha hendido, pero con sus retazos visibles en la Sillada de Garcisancho, en la Cabeza Mediana y en la loma baja de Navahondilla. El peldaño inferior se localiza a unos 1300 metros de altitud en el Mirador de los Robledos. Bajo éste el valle se abre y hunde su centro en una verdadera fosa ya a poco más de 1100 metros. Dos valles encajados, como antes apuntamos, recortan tales escalones de la cabecera del valle: al norte el valle de la Umbría y al sur el de la Angostura. El ensanchamiento del Valle, desde la línea que lo cruza del Puerto de Navafría a Canencia, abre el pie de la montaña desde el cerro de La Cruz y Gargantilla del Lozoya hacia el este. No obstante, cerca del Puente del Canto, el río se clava en las fracturas de la roca y el agua excava un cauce profundo. Como ejemplo de la rotundidad del cíngulo montañoso podemos indicar que el desnivel de la ladera madrileña en los Pelados hasta la Dehesilla de su pie es de más de 900 metros; el de la cumbre del Hoyo Grande sobre Lozoya alcanza los 800 m., el de que va del Reajo Alto a Navarredonda supera los 700 m., el de las Berrocosas a las Solanas de Villavieja del Lozoya mantiene los 700 m. y en la Acebeda, ya cercana a la hendidura del Puerto de Somosierra, baja a los 500 m.

Cascada del Purgatorio en el Valle de Lozoya. Los torrentes serranos, cercanos a los nacederos de arroyos y ríos que fluyen luego hacia las mesetas, contienen valores naturales y patrimoniales peculiares y destacados. Foto: E.M.P.

Laguna de los Pájaros, en el macizo de Peñalara. Estas lagunas, situadas en altitud, asociadas a modelados glaciares y no muy frecuentes en la sierra, poseen un especial interés hidrológico, ecológico y paisajístico, asociándolas las tradiciones a focos de interés local y cultural. Foto: E.M.P

 


En definitiva, la sierra –lo que verdaderamente es sierra- tiene una armazón bien sólida, bien neta, bien diferenciada, perfectamente dotada de entidad natural, no confundible con sus rampas periféricas ni con sus áreas tradicionales de asentamientos basales. Y tal armazón es la que hace de soporte orográfico claro de su Parque Nacional en la doble vertiente segoviana y madrileña, cabalgando su divisoria como es propio del volumen de una montaña. Estos valores van apareados: a la geografía indudable de la sierra deberá responder la del Parque. En cuanto a la sierra, es un espacio geográfico con límites definidos: un territorio de montaña. Y esto  en nuestras latitudes casi siempre significa un reducto, un abrigo de la naturaleza, contrastado con los valles o llanos de su entorno, más intensamente humanizados. Los caracteres más propios de la Sierra son sus peñas y montes, basados en la contundencia física de su volumen, en la rotundidad geográfica de su forma, en la cencellada en el puerto, en la nieve en el camino, en la tormenta de la cumbre, en los collados altos, fatigosos, despoblados, en los relieves pedregosos. La Sierra más habitual es de lomas pandas, vertientes regulares y vallejos suaves, es decir, la de los cordales gnéisicos, las rocas de la vieja corteza ibérica fuertemente levantada, con sus micropliegues, sus gruesos feldespatos. Entre estos afloramientos comunes los granitos enclavan sus formas propias. Si las cumbres de la Sierra son con frecuencia planas,  alomadas y alargadas o con aspecto de cerros cónicos, como en Montón de Trigo, a veces se encrespan en unas aplitas más resistentes y toman brevemente modalidades más abruptas o, como en el cordal berroqueño de Siete Picos, adquieren formas torreadas y en tolmeras separadas por  collados arenosos.

El único valle interno propiamente dicho del Guadarrama es la fosa del Lozoya, que ensancha el territorio serrano madrileño al quedar cerrada por la elevada Cuerda Larga. La fosa está enmarcada, como vimos, entre grandes cordales, con una cabecera donde se da un visible incremento del dominio de naturalidad nada menos que entre Peñalara, Cabeza Mediana y Cabezas de Hierro, con sus gargantas intercaladas. Pero en la parte inferior de este valle se aprecian caracteres similares a los de las rampas o plataformas periserranas, aunque con el don del internamiento y el retiro. Los montes, los sotos, los campos cercados, la pequeña constelación de pueblos que crea una comunidad geográfica definida, el Monasterio, el centro del Parque natural de Peñalara, el propio Parque y ese don local y regional que son todos los ríos de la Sierra, representados por su mejor expresión en el área de Madrid, el Lozoya, constituyen un conjunto de componentes interactuantes de muy particular interés serrano. Su situación hace de eje habitado y articulante de la Sierra, de corazón y nudo al que se puede penetrar con facilidad, con datos paisajísticos especialmente estimables.

En cualquiera de las laderas serranas es perceptible el escalonamiento vegetal en bandas definidas. De la vegetación basal de enebrales y no digamos desde los campos cercados adehesados, hasta el matorral de altitud se despliega un significativo perfil que da personalidad muy marcada a la Sierra, constituyendo su elemento biogeográfico más contundente y extenso y su paisaje por excelencia. El bosque serrano tiene su base y primer escalón generalmente en el rebollar, a veces en el encinar de solana, que sube desde su peana. La mata de robledo va creciendo y  fortaleciéndose con los años que pasan desde el abandono de su aprovechamiento tradicional, tomando aspecto boscoso. Pero el paisaje vegetal arbóreo por excelencia del Guadarrama es su pinar silvestre que forma una faja indisociable con el sentido naturalista de la montaña. Es la fundamental expresión vegetal de la Sierra, la identificativa. Incluso como escenario, como tipo de árbol característico, como ambiente y como albergue ecológico. Por lo tanto, se asocia este monte de inmediato con la naturaleza propia de la Sierra y se identifica en él uno de sus paisajes de conservación más apropiados. Aunque sabemos que los montes de la Sierra no son en general bosques primarios, los paisajes serranos tienen variaciones múltiples, estados distintos y combinaciones diversas entre lo natural y lo rural de las áreas repobladas a los afloramientos rocosos, pasando por la vegetación rala de la intemperie cumbreña. Son montes que proceden de una larga gestión forestal, de ordenaciones experimentadas para “aprovechar conservando y “ordenar transformando”. En ellos hay propiedad pública y privada, hay determinados aprovechamientos económicos, empresas con dificultades y también ordenación, gestión sostenida en el tiempo y conservación, hasta el punto que, por ejemplo, el Pinar de Navafría ha sido considerado “escuela viva” en materia de ordenación.

Robles junto al río Lozoya. Cercanos a los espacios rurales de la montaña, son el primer peldaño, en progresiva naturalización, de los pisos boscosos en las laderas del Guadarrama.Foto: E.M.P.

Pinos en Cabeza Mediana. El pinar guadarrameño es el monte por excelencia de la Sierra de Guadarrama; se extiende en amplias formaciones boscosas y sus ejemplares añosos constituyen uno de sus símbolos paisajísticos más ajustados. Foto: E.M.P.


A escala regional, la Sierra de Guadarrama configura unos excelentes paisajes de montaña que contienen un alto nivel de naturalidad. Tal relieve es expresivo del Sistema Central, del que forma un importante eslabón entre las sierras de Ayllón y de Gredos, y esa naturalidad es sin duda representativa de la montaña media y alta del interior peninsular. De este modo posee tanto valores absolutos como relativos en conjunto y comparativamente con todo el sistema montañoso interior y con la red peninsular de montañas y de espacios naturales. En suma, la propuesta de Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama tiene un sentido básico en la geografía de tal sierra, y también como referencia en el conjunto de nuestros Parques Nacionales. La Sierra de Guadarrama representa en tal conjunto el mismo núcleo  del sistema  central, la expresión de la montaña interior. Su adición al sistema de nuestra red de parques significa un avance deseable hacia el equilibrio territorial de dicho conjunto, pues el papel “organizador” de su posible inclusión en tal sistema es evidente. El paso de la naturaleza de la Sierra a una consideración administrativa de rango alto contribuirá a destacar su entidad propia.

Los valores específicos serranos afectan al conjunto como tal, es decir, al sistema de cumbres, circos, laderas, valles y piedemontes. No a un sector, a un lugar, a una formación. En síntesis, ese conjunto comprende así, 1º, las cumbres y altas laderas, ámbitos de elevado valor, con roquedos, pedreras, lagunas y tollares que conservan flora, fauna, biotopos singulares cuyas formas varían entre cabezas, graderíos, tolmos acastillados, picos y cuerdas tendidas. 2º, en las altas cabeceras, los circos de origen glaciar, que constituyen modelados de valor sustancial con sus hoyos, morrenas, lagunas, tollares y roquedos. 3º, las laderas, que conforman una extensa superficie, enlazando cumbres y piedemontes mediante una masa forestal escalonada de elevada calidad en sí misma y como biotopos. 4º, las vertientes rocosas graníticas, que poseen formas de modelado de marcada personalidad. 5º, los arroyos y ríos, cuyos valores están vinculados a la calidad del agua, a su propia entidad, por ejemplo en rápidos, cascadas, saltos, gargantas y sus depósitos torrenciales, y a la conservación de la fauna y la vegetación de sus riberas. 6º, incluso la proximidad de ciudades, particularmente de Madrid, en fin, que crea una referencia nueva en la gestión de nuestros Parques Nacionales, pues si, por un lado, da un particular sesgo a la regulación del espacio protegido en el ejercicio de control, por otro también propicia su extensión cultural inmediata, al tener en la  misma población propia y del área urbana un amplio efecto de resonancia. La cercanía de la sierra a Madrid no es un asunto intrascendente en diversos aspectos históricos, geográficos y de uso y gestión; tal vez podría hacerse en este sentido una comparación con el debatido proyecto de Parque Nacional del bosque de Fontainebleau por su proximidad a París.

Si para la sierra este Parque Nacional (incluyendo su área periférica de protección) puede garantizar su preservación como conjunto, para el habitante de Madrid, de Segovia y de otras poblaciones próximas es un regalo cualitativo de primera magnitud. La superficie estricta del Parque deberá, pues, tender a cubrir la totalidad de los sectores geográficos serranos cualificados que enunciamos para extender de modo completo -donde aún falta, especialmente los bosques-, esa garantía y, con ello, incrementar su beneficio físico a la naturaleza del Guadarrama y moral a los hombres que la admiran.

 

 Epílogo

 

Para concluir, la Sierra de Guadarrama contiene una muestra de naturaleza bien guardada, original en las montañas europeas, como perteneciente a su región occidental y meridional,  y bien diferenciada de las sierras españolas de arquitectura alpinas al ser parte de su larga cordillera transversal interior. En sí misma contiene la modalidad montañosa de esos caracteres de su entorno geográfico y hace de enlace entre los sectores central y oriental de dicha cordillera, materializándolos con personalidad propia en paisajes de calidades señaladas.

El Parque Nacional se adapta a su orografía, captando los rasgos naturales fundamentales de su configuración montañosa, con lo que pone un nudo en su propia red nacional de espacios protegidos de montaña donde antes había un hueco y, por tanto, mejorándola cualitativamente complementando su organización o tejido. En el territorio interior peninsular es una pieza clave de preservación y, en la montaña misma, una opción geográfica, hasta ahora desasistida en este orden de conservación, que pasa a integrarse en el mosaico general. Dotado de valores muy apreciables, el Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama presenta, en suma, un avance notable e indispensable en la protección de la naturaleza española. Para completar esta calidad y prestar su mejor asistencia a todos los componentes naturales de dicha sierra, el Parque está destinado a una progresiva ampliación esencialmente por sus áreas boscosas de las cabeceras de los ríos Eresma y Lozoya, que esperan su oportunidad de ingreso dentro de sus límites. La montaña del sentimiento y la razón ha encontrado su lugar en el respeto de los hombres.

 



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